Un cuento para los que se equivocan

Hace años yo estaba equivocada. Creía que las películas más hermosas eran las que acababan mal, que las canciones más tristes eran las más reales y que el amor, para ser más intenso, tenía que ser un sufrimiento constante. No es que “Leyendas de pasión” se haya convertido repentinamente en un fiasco, pero he abierto mis ojos a las comedias y parece que no están tan mal. Y sí, he descubierto que los finales felices son posibles (palabra de una expesimista empedernida).

Leyendas de pasión

Así que lo reconozco: estaba equivocada. Ahora soy consciente de que quien bien te quiere no te hará sufrir, NUNCA. Lección aprendida. Ahora sé cómo ser feliz a base de respeto, admiración y sonrisas. Ahora sé que estar enamorada es poder sacar a la niña que llevas dentro sin que el otro salga corriendo. Como diría una amiga irlandesa, ahora sé que él es “my only one”. Y también sé la suerte que tuve al verlo por primera vez en el pasillo de mi casa (sí, sí… no tuve que salir a buscarlo a la calle, pero esa es otra historia y debe ser contada en otro momento).

Todo esto lo digo porque el otro día encontré por internet este fabuloso cuento para los que, como yo antes, viven equivocados o simplemente están buscando:

Érase una vez en un reino lejano una bella princesa que estaba buscando esposo. Aristócratas y adinerados señores habían llegado de todas partes para ofrecer sus maravillosos regalos: joyas, tierras, ejércitos y tronos conformaban los objetos para conquistar a tan especial criatura.

Entre los candidatos se encontraba un joven plebeyo que no tenía más riqueza que amor y perseverancia. Cuando le llegó el momento de hablar, dijo:

– Princesa, te he amado toda mi vida. Como soy un hombre pobre y no tengo tesoros para darte, te ofrezco mi sacrificio como prueba de amor. Estaré cien días sentado bajo tu ventana, sin más alimentos que la lluvia y sin más ropas que las que llevo puestas. Esa es mi dote…

La princesa, conmovida por semejante gesto de amor, decidió aceptar:

– Tendrás tu oportunidad: si pasas la prueba, me casaré contigo.

Así pasaron las horas y los días. El pretendiente estuvo sentado, soportando los vientos, la nieve y las noches heladas. Sin pestañear, con la vista fija en el balcón de su amada, el valiente vasallo siguió firme en su empeño, sin desfallecer un momento. De vez en cuando, la cortina de la ventana real dejaba traslucir la esbelta figura de la princesa, la cual con un noble gesto y una sonrisa, aprobaba la faena. Todo iba a las mil maravillas, incluso algunos optimistas habían empezado a planear los festejos.

Al llegar el día 99, los pobladores de la zona habían salido a apoyar al próximo monarca. Todo era alegría y fiesta hasta que, de pronto, cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, ante la mirada atónita de los asistentes y la perplejidad de la joven princesa, el joven se levantó y, sin dar explicación alguna, se alejó lentamente del lugar.

Unas semanas después, mientras deambulaba por un solitario camino, alguien le preguntó:

-¿Qué fue lo que te ocurrió? Estabas a un paso de lograr la meta… ¿Por qué perdiste esa oportunidad? ¿Por qué te retiraste?

Con profunda consternación y después de derramar algunas lágrimas, contestó en voz baja:

-Si ella no me ahorró un día de sufrimiento… Ni siquiera una hora, es porque no merecía mi amor.

Moraleja: haz que el primer requisito para estar con alguien sea que no te haga sufrir porque sufrimiento y felicidad no son compatibles, y si te ha hecho sufrir, no te merece.

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